domingo, 15 de marzo de 2009

Y poco a poco fui despegando la vida de las cuatro paredes que me habían oído llorar, gritar, gemir, reír, susurrar y roncar, y en cada trozo de ella percibía el olor del recuerdo. Retiré con calma mis entradas de conciertos, mis recortes de periódico, mis fotos, mis dudas y mis errores, mis pasiones, mi entusiasmo, mi crecer prematuro, mis canciones. Sin embargo quedaron las marcas de todo aquello dibujadas con polvo, como si fueran cicatrices del tiempo, y las sentí en mi piel, sentí las rodillas que me golpeé en los bordes de la cama al intentar subir cuando mis piernas eran todavía demasiado cortas; y sentí el sudor frío en la nuca de esos días en que temía el ataque de los monstruos escondidos en la oscuridad del armario; y el temblor en los dientes cuando me desnudaron por primera vez, y esa torpeza; y la desesperación constante de no encontrar nunca lo que buscaba hasta que tomé la decisión de organizarme, porque llegó un momento en el que habían tantas cosas que empecé a colgarlas del techo; y el orgullo de desterrar los libros viejos a la habitación de la enana, porque ya era mayor para leer esos lomos de colores llenos de letras enormes y dibujos cada cinco páginas.

Y después de aquello, después de haber empaquetado los diccionarios, la arena del desierto y la de la playa, los silencios, las confesiones, las guías de viaje, las noches compartidas, después de haber colocado a Shakespeare y a Hopper en una misma caja, y de que la colección de cargadores de aparatos electrónicos acostumbrados a pedir turno para el único interruptor de mi cuarto estuviera ordenada por primera vez desde que los saqué del envoltorio y como no ha vuelto a estar desde ese día, y después de haber guardado con más cuidado que nada de todo eso mi máquina de hacer magia, mi Hispano Olivetti Studio 46, que era lo más valuoso que nadie me había regalado nunca, sólo después de aquello me centré en el balcón. Mi balcón. El balcón que me daba los buenos días por las mañanas desde los cristales a los que nunca bajaba las persianas porque adoraba que la majestuosa torre de la calle Ballester fuese lo primero que viese cada mañana.

Y salí a darle un vistazo –un último vistazo– a aquél edificio de color salmón, con su jardín, su estanque y sus palmeras donde los pájaros madrugaban hasta los domingos, esa casa en la que en diez años apenas había visto gente, aparte de los que acudían a un par de banquetes al año y la visita del mismo jardinero cada semana, siempre puntual, siempre eficiente. Y recordé la promesa que le hice a un antiguo compañero de besos de vivir allí algún día, y lo recordé con cariño, porque era una propuesta lejana, que sonaba como si nunca la hubiese tomado en serio, a pesar de que, sinceramente, sí lo hice. Y más que nunca tuve consciencia del tiempo y de cómo cambia las cosas. Y entonces me vino a la cabeza el tópico latino “tempus fugit”, aunque preferí simplificarlo con un “cómo pasa el tiempo”. Y con la ligereza de ese tiempo, me cubrí las muñecas y escribí por última vez desde ese balcón. A mano.